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El Blog donde raramente hablo de vídeo, pero sí de la vida y esas otras cositas …

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Shakespeare siempre es desmedido, pero la versión de La Tempestad que se ha estado mostrando este mes en el Matadero de Madrid es un exceso. Anoche acabaron un mes de representaciones. Anoche se despedían de las tablas -de las arenas, más bien- que les han acogido durante veintitantas noches. Todo un mundo en el teatro. Tantas funciones generan un ambiente de familia, donde el amor -o el odio- ya es para siempre.

Ocho actores que multiplican los personajes y las sensaciones. Anoche estaba yo en el patio de butacas antes de que abrieran al público y los actores hacían su conjuro, su corro, su todos para uno y uno para todos de mosqueteros piratas que son. Al servicio de sus vidas, de sus vidas de náufragos piratas desahuciados por la vida.

Porque he visto más abrazos en esos momentos que en todo un mes de vida “normal”. Compartían los actores la emoción de un trabajo coral -ellos, y el director, y sus técnicos- que está lleno de risas, de silencios, de lágrimas (pocas, más bien de los espectadores ñoños, como yo) y que salía de aquel espacio que les ha dado el aire donde proyectar sus voces, sus gritos, sus palabras de amor y de traición.

Pocas veces el teatro decepciona cuando hay tanto talento y tanta energía dentro. Siempre veo los aplausos como una catarsis de agradecimiento. Libera al público y a los que pisan el escenario, nos deja varados en la playa de todos los días. Ayer, los actores salieron seis veces a saludar y al final hasta cantaron una canción extra.

Qué placer dan las cosas bien hechas.

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16 de marzo de 1966. Tengo dos años recién cumplidos. El que me tiene es mi padre, que tenía entonces 42 años. En esa boda bailé por primera vez con una chica y nos hicieron corro. Hay testimonios gráficos, no lo digo por impresionar.

Quiero seguir comportándome como un niño, porque los niños son divertidos, ingenuos, previsibles y transparentes. Porque no guardan rencor. Y tienen ideas locas y absurdas. Y porque creen en ellos mismos.

Y porque necesitan que les quieran y les ayuden, aunque a veces lo pidan llorando. Porque te siguen siempre las bromas y les gustan las repeticiones. Porque se asustan cuando imaginan sonidos en la noche y porque son valientes a la luz del día. Inconscientes.

Quiero seguir reaccionando como un niño porque es lo único que me aleja de la vejez. Quiero seguir siendo caprichoso aunque no sepa expresar mis caprichos. Quiero saber perdonar en un minuto. Quiero saber olvidar en un minuto.

Quiero seguir jugando toda la vida.

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La tendencia es dejarse llevar por las tendencias. Tendencias de papel couché, tendencias tipográficas, tendencias colorimétricas, tendencias culinarias y tendencias políticas. Por ejemplo. Tendencia “vintage”, tendencia rural, tendencia de reírse de la gente auténtica, auténticas tendencias que agrupan a seguidores de todo el mundo para poder hablar de ellos mismos.

Uno dijo una vez que los diseñadores eran los demiurgos de nuestra sociedad. Vale. Pero todos los demiurgos están esperando una nueva tendencia para destacar. Algún día leí que había una multinacional que decidía los tonos que llevaría la moda de cada año, sólo basándose en la producción de tintes que se suministraban a las fábricas textiles. Si este año hay superproducción de burdeos, pues todo el mundo de burdeos. Y así sucesivamente con las tapicerías de sofá y el lacado de los muebles de Ikea. Tendencias.

La imagen marca tendencia. Si sale en TV se hace tendencia. Si lo dice un gurú es tendencia. Si lo lleva Kate Moss se convierte en tendencia.

Pero la única tendencia universal es el dinero. Lo que triunfa como tendencia ayuda a ganar dinero. La individualidad no es tendencia porque venderle algo a uno sólo no da un duro. Ahora no existen los duros. El dinero es blando y flexible como la moral que lo sustenta.

Si marco tendencia existo. Si no marco tendencia puedo aspirar a ser seguidor de tendencias, a ver si existo.

A ver si de una vez llega la última tendencia y nos vamos cada uno a nuestra casa.

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Antes de aparecer las etiquetas adhesivas se recortaba el papel y se pegaba con goma arábiga, una acuosa mezcla que arrugaba la etiqueta al secarse.

Luego vinieron las facilidades. Desde la goma arábiga hasta los “tags” que se usan en internet han pasado unos añitos. El concepto “etiquetar” ha evolucionado y se ha hecho popular. Hoy día todo es etiquetable. Clasificable, discriminable, extraíble de lo general para particularizarlo. Indexable.

Falsamente, porque lo que pasa es que las categorías no son compartimentos estancos. La realidad es una cinta de Moebius. Estamos todos perdidos en una de esas cintas en forma de ocho con los lados girados que funciona como un sinfín. ¿En qué punto de la cinta nos encontramos? ¿Alguien podría situarse correctamente en el mapa de la vida?

Que los bibliotecarios me perdonen, pero etiquetados o no, seguimos recorriendo cintas que nos transportan hacia aquí y hacia allá, en el mismo plano convexo terrestre, nuestra especie de cinta de Moebius repetitiva y rutinaria. Siempre igual.

Me cuesta etiquetar. Por eso mi sistema de archivo es tan desastroso y nunca encuentro nada. No hay etiquetas que ordenen mi realidad. No las quiero.

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Karina se vuelve a su país con su maleta de cartón y otras varias docenas de cajas etiquetadas con su vida de veinte años lejos de su casa, de su “homeland”, de su Uruguay. Y está triste.

No sé cómo decirle que debería estar contenta. Los que nos vamos moviendo en distancias cortas todo el rato, cargando bolsas y maletas -la mayoría sin ruedas-, de aquí para allá como bolas dentro de una máquina de pinball, le envidiamos su oportunidad. El mundo es muy pequeño para las mentes libres. Son las propias mentes las que lo empequeñecen para intentar dominarlo. Pero el mundo es tan indomable como las mentes libres: eso no puede olvidarse.

Uno se va y deja su aire pero otros aires captarán su olor y esa huella apenas imperceptible que es la presencia -que viene de presente- va dejando recuerdos. Recuerdos que se archivan y se indexan y nos sirven para saber que hemos vivido cosas, que hemos vivido. Karina deja su recuerdo y su presencia se va a ir lejos, pero estará cerca en la cabeza. Se lo ha ganado. Otros aires se impregnarán con su presencia presente y la vida abrirá su cauce ancho, y todo volverá a ser apetecible.

Como decía alguien, si perdemos el horizonte cambiemos el punto de vista. Será fácil a pesar de todo que cambie la nostalgia anticipada que ahora siente Karina por nuevas cosas que mirar, nuevos presentes con más ilusión, nuevas alegrías y nuevas tristezas que les den sentido. Será fácil porque vuelve pero se va, no es una vuelta sino otra ida, no es un despido sino un nuevo trabajo, no son las orejas gachas sino erguidas por lo nuevo que huele todo, por los sonidos nuevos a los que hay que atender.

Sirva esto para todos los que se van con la cabeza alta y los sentidos alerta. Nos queda mucha vida.

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Cuando se agotan los recursos hay que pasar a la economía de subsistencia. Al menos eso me parecía a mí, que soy un ingenuo. En estos días de fracturas hidráulicas, los que manejan el cotarro nos quieren convencer de lo contrario. ¿Que no hay recursos? Pues los buscamos debajo de las piedras.
No será por falta de recursos que los pueblos de Soria viven a medio gas. Más bien será por falta de población o de ambición. Pero si uno lee los municipios afectados por estudios de viabilidad para esta modalidad salvaje de extracción de gas, da miedo: toda la comarca de Pinares, los cañones del río Lobos, las comarcas al sur de Almazán, la mancomunidad del río Izana… ¿A quién interesa esta agresión?
Ni a los alcaldes ni a las poblaciones, estoy seguro. Se aprovechan los promotores de la escasez de habitantes, sin duda, y de la poca repercusión de las posibles protestas. Soria no necesita gas de más y mucho menos que le fracturen sus entrañas para alimentar otras zonas más gastonas.
Voy a seguir atento a este tema y os recomiendo que estéis alerta… Nos pueden dar un buen susto. 
Fractura Hidráulica NO. Absolutamente.

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Entre decir la verdad y decir cosas bonitas, me quedo con decir cosas bonitas. La verdad también se inventa, podríamos decir. Estoy cansado de la realidad de la prosa, del mundo que se queda en la puerta de las librerías. De lo banal.

Hoy entré en una librería y se me saltaron las lágrimas. Era una sensación gustosa, amargamente dulce, agriamente salada. Feliz. Me quedé un rato hasta que se pasó el momento, hasta que me pude tragar el nudo que me cerraba la garganta.

Allí me he reencontrado con las cosas bonitas. No quiero volver al agobio, a las falsas prisas ni a las condescendencias obligadas por la imperante realidad. Si tengo que vivir en la luna, pues adelante. No voy a aguantar mal rollo por defecto. No quiero agoreros ni mentes preclaras que me digan que lo que no debo intentar.

Por eso no aceptaré un no por respuesta, ni un reproche previo, ni una pega, ni un mal rollo. Voy a hacer un huerto que va a ser el mejor que pueda hacer. Voy a echarle horas a la tierra.

No aceptaré más que un sí incondicional. El que esté en otra frecuencia, que no meta interferencias. Tengo un poderoso inhibidor: las semillas de los libros que hoy me han germinado sin ni siquiera haberlas regado un poquito.

Bueno, un poco sí. Con el agua salada de las lágrimas de los libros. Este lunes empiezo.

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Diferentes fríos según el estado de ánimo de cada uno. En Madrid, el frío de las compras navideñas, llenas de caras de niños aturdidos y de padre hastalaboinadellevarahombrosalospeques. Cortylandia, etc. Un horror.

En Soria, el frío provinciano y tranquilo. En Los Llamosos, el frío que no se ve desde la ventana, que se nota al abrir la puerta y salir a pasear por entre los robles, espantando corzos que son los renos de nuestro papa noel. Desierto de frío mesetario. Un placer.

Hoy he visto La Vida de Pi, una película-cuento que te deja la rabia del tigre y el temor a las plantas carnívoras en el portapapeles de la mente. Arriba, cortaypega, cutandpaste, preparado tu cuerpo para seguir viajando. Qué hacemos parados. A moverse.

El frío de Colorado, transparente como si Soria estuviera mil metros más arriba, esperando a que el sol se oculte para aparecer como un hachazo en las puntas de los dedos, en las orejas, en las pestañas.

El frío interior, desabrido, peligroso, desvinculante. No sé si voy a esperar a la primavera. El frío de entretiempo, ese constipado interior que no sirve para nada más que para seguir de viaje, parado en la misma postura.

Viaje interior, lejos me llevas.

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Parriba

My Ultra Interactive Online Portfolio.

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